La Coctelera

NEWELL´S CARAJO

GRACIAS A TODOS LOS QUE PUSIERON SU GRANITO DE ARENA PARA COLABORAR AHORA LAS PUERTAS DEL CAMPEON ESTAN NUEVAMENTE ABIERTAS

22 Junio 2007

Nacimiento de la paternidad

EXTRAIDO DE www.soyleproso.com
La historia comenzó el 18 de junio de 1905. Fue el día en el que la pasión rosarina dividió las aguas por primera vez y asigno los roles de 'padre' y de 'hijo' para siempre: había nacido el clásico de fútbol de la ciudad. Y ganó Newell's Old Boys, por supuesto.
Aquella jornada, el sol pugnaba por ganarse su lugar entre las porfiadas nubes para darle brillo a un domingo otoñal, mientras los cada vez más numerosos amantes del deporte que había llegado a estas costas un par de décadas atrás desde Inglaterra apuraban los tallarines y el vaso de vino tinto para poder treparse a tiempo al tranvía a caballos que los llevaría al lugar donde se libraría el histórico duelo futbolístico.
La cita era en Plaza Jewell (hoy Córdoba al 3300, entre Crespo y Pasaje Benjamín Gould), donde actualmente tiene su cancha de rugby el club Atlético del Rosario.
Dos días antes, en ese mismo lugar, conocido por entonces como "la cancha de los ingleses", y ante unos dos mil aficionados, se había presentado el primer equipo inglés que jugó en Rosario. En una tarde ventosa y desapacible, el Nottingham Forest había dado cátedra de fútbol ante un combinado rosarino de escaso nivel (al cual no había sido convocado ningún jugador rojinegro) al que vapuleó por 5 a 0.
Por entonces, Rosario tenía una población de poco más de 150.000 personas (más de la mitad de las cuales eran hombres) y los extranjeros constituían el 40 por ciento de sus habitantes, con un marcado predominio de italianos y españoles. Muchos de ellos vivían hacinados en los más de 1.500 conventillos que existían en la ciudad. También pululaban los inmigrantes "golondrinas" que llegaban a la Argentina a trabajar en las cosechas y luego retornaban a Europa con sus ahorros.
Por las calles rosarinas circulaban numerosos tranvías a caballo, entremezclados con las jardineras, abiertas durante el verano y cerradas en invierno. Los caballos llenaban de estiércol las calles empedradas; se lo recolectaba durante la noche con un servicio especial. Quizás por eso, en 1905 el intendente Santiago Pinasco (quien, a diferencia del actual, tenía proyectos de largo aliento) llamó a licitación para instalar un servicio de tranvías eléctricos. Ese mismo año se inauguró el puerto con la presencia de una multitud en los actos oficiales. A partir de entonces, decenas de barcos comenzaron a llevar desde Rosario el preciado cereal argentino a Europa.
Desde 1900 la gran novedad eran las bicicletas con rueda de goma, "un medio de locomoción barato, liviano y rápido", aunque los innumerables baches no favorecían la tarea de aprendizaje de los ciclistas rosarinos.
Los accidentes de tránsito eran habituales, y según un relato de la época "no pasa un día en que algún carro no atropelle a algún peatón o un jinete se caiga de su caballo".
Recién en 1906 aparecerían los primeros automóviles -junto con los tranvías eléctricos belgas- y una ordenanza de ese año prohibió circular a más de 14 km por hora.
Como un rayo en un día sin nubes. Así definió un diario la revolución radical que estalló el 4 de febrero de 1905 en varias provincias contra el gobierno del presidente Manuel Quintana. En Rosario los combates dejaron 12 muertos y 29 heridos. El jefe de la revolución fue Hipólito Yrigoyen. Aunque el intento fracasó, aceleró las reformas en el sistema político que llevaron a Yrigoyen a la presidencia por el voto popular en 1916.
El fútbol local había nacido unos años antes, una mañana de 1869 mientras el sol despuntaba en Rosario, cuando el joven Isaac Newell desembarcó del buque de carga que lo trajo desde su Inglaterra natal (había nacido el 24 de abril de 1854 en el sub distrito de Strood, condado de Kent en Taylor's Lane) en un muelle del ferrocarril sobre calle Entre Ríos.
A partir de allí, Rosario y Newell unirían para siempre sus destinos. Lejos estaba de imaginar aquel joven de tan sólo 16 años de edad que su apellido se iba a convertir en la palabra más amada de esa ciudad que comenzó a atisbar cuando enfiló por la calle Entre Ríos hasta la casa de don Guillermo Wheelwright, principal impulsor del ferrocarril en esta zona del país, para quien Isaac traía una carta de recomendación.
Poseedor de un inquebrantable espíritu aventurero y fanático de la actividad deportiva, especialmente el fútbol, Isaac ingresó como telegrafista del ferrocarril que administraba Wheelwright y a los 23 años de edad se caso con Anna Margreta Jockinsen, una hermosa joven alemana a la que había conocido mientras ambos cursaban el profesorado de inglés. Dispuestos a ocuparse de la enseñanza, Isaac y su esposa tomaron a su cargo el Colegio Anglicano, anexo a la iglesia de San Bartolomé, en Urquiza y Paraguay, donde trabajaron hasta 1883.
Al año siguiente, y con 31 años, Newell fundó junto con Ernesto Edwards el Colegio Comercial Anglo Argentino en el local de la calle Entre Ríos entre San Lorenzo y Urquiza (que había pertenecido a su protector Wheelwright, quien falleció en 1873).
Fue entonces cuando el visionario y emprendedor Isaac viajó a Inglaterra y regresó a Rosario trayendo consigo la primera pelota de cuero y el primer reglamento de fútbol. Así, cuando el 3 de noviembre de 1903, a instancias de Claudio Newell, hijo mayor del educador, se fundó el Club Atlético Newell's Old Boys, en homenaje a don Isaac), hacía ya más de 20 años que educación y práctica de fútbol se daban la mano en el patio del Colegio Comercial Anglo Argentino.
Incluso fueron algunos profesores del colegio de Newell quienes hicieron el favor de enseñar las reglas y técnicas del fútbol a los entusiastas muchachos de una modesta institución fundada 20 años despuès del arribo de Isaac a Rosario por un par de señoritos ingleses que habìan llegado a la ciudad como funcionarios ferroviarios, mister Thomas Hooper y mister Bolin Colin Calder, para la pràctica del cricket en los talleres del Ferrocarril Cen... Argentino. Esa instituciòn se llamaba Cen... Argentine Railway Athletic Club, estaba abierta sòlo para los empleados ferroviarios ingleses y cambiò varias veces los colores de su camiseta a partir del blanco y rojo originales. Finalmente, renegando vergonzosamente de sus raìces, sus asociados decidieron cambiarle tambièn el nombre por uno más "criollo" y, por ende, fundaron una nueva instituciòn. Fue recièn el 24 de diciembre de 1903 (casi dos meses despuès del nacimiento "oficial" del Club Atlético Newell's Old Boys) cuando, buscando "despegarse" de su origen inglés y aristocràtico, naciò el club que comenzaron a llamar rc. Sin embargo, dicha instituciòn siguiò teniendo durante años como capitàn del equipo que comenzó a practicar algo parecido al fútbol (aunque era otra cosa, ya que los marinos ingleses traìan vejigas infladas y en su afàn de moverse y gastar energía les daban con las manos y con los pies para correr un poco y apelaban al tacle cuando alguno encaraba peligrosamente hacia el arco que ni siquiera tenía travesaño) a un lord inglés, mister R. M. Jackson, quien pertenecía a la más rancia aristocracia británica de aquellos años.
En síntesis: Los chicos del barrio Doctor Lisandro de la Torre (¡Vaya paradoja, tienen su club enclavado en pleno corazón del barrio que rinde homenaje al Fiscal de la Patria, uno de los tantos leprosos ilustres!) nacieron, son y serán una mentira.
Tal vez por eso, en aquel clásico fundacional de una paternidad que hoy cumple 100 años, a los chicos de la vereda de enfrente se los conocía más como los simpatizantes de "Talleres" (por su nacimiento entre los funcionarios y jefes ingleses de los talleres ferroviarios) que por su actual nombre.
Tampoco puede decirse a ciencia cierta què colores distinguían a los rivales del Rojinegro en aquel primer clásico ya que, como se señaló, cambiaron varias veces de colores y de camiseta (casi con la misma facilidad y rapidez con la cual hoy venden sus trapos). Lo cierto es que la mayoría de los 2.500 asistentes a la cancha de la Plaza Jewell pintaron de rojo y negro las tribunas, los mismos colores que por aquellos años (que pasaron a la historia como la "época de las grandes huelgas") simbolizan las luchas obreras de los socialistas libertarios y anarquías contra la explotación capitalista. Los colores símbolo de la revolución en cada rincón del planeta donde haya una injusticia. Los mismos colores rebeldes que paseó por Latinoamérica el mítico comandante Ernesto Che Guevara, un rosarino amante del rugby al que tan sólo la mente afiebrada de algún mitómano trasnochado osó vincular alguna vez con los circenses colores azul y amarillo, en uno de los mejores chistes vinculados al fútbol que circuló durante el siglo pasado.
Aquel 18 de junio de 1905 la cita era a las 3 de la tarde en la Plaza Jewell y el árbitro del match fue Ricardo W. Olavarrìa Le Bas, presidente de la flamante Liga Rosarina de fútbol, creada el 30 de marzo de ese año en una reunión celebrada en el Hotel Britannia.
El diario La Capital anunció en su edición correspondiente a ese domingo que por la tarde se enfrentarían "Newell's Old Boys y el club Atlético cen... para disputarse la gran copa donada por el intendente Pinasco". El repaso de dicha crónica nos muestra dos cosas: que los contrarios ni siquiera sabían muy bien cómo se llamaban (faltaba la primer palabra, rosario) y que el intendente rosarino de entonces alentaba el desarrollo del fútbol local, cosa que se extraña por estos tiempos...
Ante un bullicio extraordinario provocado por los pioneros hinchas del Rojinegro, los equipos saltaron al campo de juego alistados de la siguiente manera:
NEWELL'S OLD BOYS: J. Calosso; José P. Hiriart y Deolindo Barcelone; Wallace W. Wheeler, Agàpito Balbiani y G. Remmy; Víctor Heitz, Guillermo R. Moore, Faustino Gonzalez, José Pinoto Viale y A. Lyon Pats.
EL OTRO:
A. Norris; A. Faggiani y H. Grant; J. Díaz, A. Ellison y H. Boan; Whortley, A Vázquez, P. Hearnett, S. Hooper y Percy Jones.
Estaban en juego, además de la Copa Pinasco, los puntos por el primer campeonato oficial de la Liga Rosarina de fútbol, en el que Newell's había debutado el 21 de mayo derrotando a Argentino por 4 a 1.
Cuando la pelota comenzó a rodar, empezó a escribirse una historia gloriosa que se prolonga hasta nuestros días. Una historia escrita a fuerza de destreza y garra, de habilidad y pasión, de magia, entrega y sacrificio. Una historia de lealtad eterna a la divisa Rojinegra. Desde la humilde casilla de madera con capacidad para 11 jugadores en la primera cancha de Humberto 1º y Boulevard Avellaneda (a la vera del stand de Tiro Federal), pasando por la segunda cancha en el barrio Vila (en Provincias Unidas entre San Luis y Rioja), Los tablones del viejo estadio del Parque Independencia (inaugurado el 23 de julio de 1911) hasta el cemento imponente y vibrante del Coloso, el máximo templo de fútbol en el Rosario de hoy. La historia de una hinchada que siempre alienta y nunca abandona, la que nació gozando la paternidad sobre el clásico rival y un siglo después lo sigue haciendo con mayor intensidad, mientras le grita al país y al mundo que desde el Coloso salió el nuevo Campeón.
Aquel 18 de junio, cuando la de cuero comenzó a rodar, empezó a definirse a suerte y verdad la herencia que marcaría todo un siglo a pura pasión. De un lado la marca inigualable de la calidad más exquisita unida al temple que hicieron de Newell's una marca registrada en el fútbol mundial. Del otro lado, la legión acomplejada y envidiosa de, como dice el tango, aquellos "cacatúas que sueñan con la pinta de Carlos Gardel" (quien, por cierto, cuando decidió ver fútbol del bueno allá por 1930, fue a ver a Newell's y su imagen quedó estampada junto al alambrado olímpico en un sector de la vieja platea de nuestra cancha).
Aquel 18 de junio, el primer tiempo terminó 0 a 0. Lo mejor estaba reservado para la etapa final. Promediando el segundo tiempo y mientras algunos de los muchachos venidos desde la zona norte de la ciudad soñaban con festejar un empate de su equipo de los "Talleres", el wing rojinegro Víctor G. Heitz (nacido en Las Rosas, quien fue el socio Nº 1 y primer presidente del club) protagonizó un avance a fondo por la punta derecha y entrando en diagonal al arco le dejó la pelota servida a Faustino Gonzalez. El eje Ñulista, desde corta distancia, dejó sin chancees al arquero Norris, cuya estirada resultó estéril (como la de Biasutto en el 74; Lanari en el 88, 90 y 91, Bonano en el 92 y Ojeda en el 2004). "Es el único gol y entre las aclamaciones de las huestes del gordo Hiriart, Newell's Old Boys se retira victorioso por 1 a 0. Años más tarde, cuando se repitan los partidos entre las dos divisas hallaremos justificación al apasionante panorama que ofrece el pueblo en torno al clásico, salsa y pimienta del fútbol rosarino, cuenta don Cipriano Roldán en su libro Anales del fútbol Rosarino, de 1959.
Aquel equipo de Newell's no sólo ganó el primer clásico, sinò que también fue el primer campeón de la historia del fútbol rosarino. Se coronó invicto, ganando 8 partidos y empatando 2. En los 10 partidos del torneo conquistó 18 puntos, con 39 goles a favor y sólo 4 en contra. El hijo de la zona norte se esforzó por seguir los pasos de Papá y terminó segundo, a tres puntos.
Un año después, Newell's logró un récord jamás igualado al derrotar por un marcador increíble al Club Provincial en su cancha de Pueyrredón y Urquiza por 25 a 0. El 23 de julio de ese año Newell's goleó al sin aliento de visitante por 6 a 0 con tres goles de Lito Gonzalez, Pinoto Viale, Faustino Gonzalez y Mooney) y volvió a ser el campeón rosarino por segunda vez consecutiva. Jugó 12 partidos de los cuales ganó 11 y empató 1, con 80 goles a favor y sólo 2 en contra.
El 28 de abril de 1907, Newell's logro la que, hasta ahora es la máxima goleada de la historia sobre su clásico rival al humillarlo con un inigualado 10 a 0 en un amistoso previo al comienzo de la copa Vila. Lamentablemente, no se dispone de mayores dato sobre dicho partido, tal vez porque fue un cotejo amistoso o bien porque ya en aquella época existían ciertas prácticas que algún sector de la prensa deportiva local (simpatizantes del club más débil de la ciudad aunque disfrazados de "objetivos") aún conserva en su vano intento por ocultar y/o deformar la realidad que nos muestra la grandeza insuperable del glorioso Newell's Old Boys. Con todo, don Cipriano Roldán dio cuenta en su mencionado libro al referirse a la victoria de Newell's sobre Argentino por 10 a 1, el 27 de mayo de 1907, en el primer partido del campeonato rosarino de dicho año: "Ese resultado de 10 a 1 con el cual Newell's se inicia en la Copa Nicasio Vila está acorde con su real jerarquía y capacidad. Era ratificación de un sorprendente score reciente. Latente estaba todavía el triunfo que conquistara el 28 de abril cuando en brega amistosa doblegara al sin aliento nada menos que por 10 a 0. Cifra esta no superada nunca en los clásicos que harán historia en los anales del deporte". Como señala José Dalonso en su libro "De Newell. Historia de fútbol pasión y locura": 'Eran tiempos de los hermanos Gonzalez (el histórico Faustino que luego fue presidente del club, Caraciolo y Manuel), de Pinoto Viale (un pibe llegado a Newell's desde Centeno, Santa Fe, que fue convocado de inmediato a la selección nacional y rechazó una tentadora oferta para jugar en Inglaterra porque decidió quedarse en su querido Newell's), de Heitz, del gordo Hiriart. Ellos marcaron el camino que otros siguieron sembrando de gloria".
Aquel 1907, Newell's volvió a ganarle al sin aliento, esta vez por 3 a 2, el 29 de mayo y por los puntos. El 9 de julio se volvieron a ver las caras. Víctor Heitz puso el 1 a 0 para Newell's, pero el sin aliento lo dio vuelta y terminó ganando el primer tiempo por 2 a 1, lo que llevó a sus sufridos hinchas a ilusionarse con que por fin podrían tocar el cielo con las manos. Sin embargo, en el segundo tiempo, Newell's logro ¡4 goles en 12 minutos! Fueron sus autores: Heitz al minuto, Lito Gonzalez a los 3, Mallet a los 8 y nuevamente Gonzalez a los 12. De nada sirvió el descuento del sin aliento: el clásico terminó 5 a 3 a favor del Rojinegro.
Recién en el octavo clásico (después que el sin aliento cosechara 5 derrotas y festejara dos empates) los sufridos, y a esa altura ya acomplejados hinchas del equipo de la zona norte de la ciudad, lograron ganarle a su padre y cumplir asì su sueño más preciado.
Cuentan las crónicas de la época que "los festejos en la zona de Alberdi duraron hasta la madrugada, sabiendo que la victoria sobre su encumbrado rival tenía sabor a hazaña". Una hazaña a cuya concreción los muchachos del ex Railway Station dedicarían su gris existencia durante el resto del siglo XX. A eso se redujo toda la vida posterior de las menguadas huestes sin aliento, derrotadas y humilladas en los anales del balompié rosarino por su padre futbolístico: poder, muy de vez en cuando ganarle al más grande del interior del país, aunque más no sea en una semifinal de un torneo que ya no existe, en cancha ajena y colgándose del travesaño. Bien podría decirse: "Tu alegría, hijo mío, enorgullece aún más a tu querido padre".
Con todo, la alegría de los muchachos del "talleres" fue efímera: 15 días después de la primera victoria de los más débiles, Newell's le volvió a ganar a su hijo, de visitante, por 3 a 2 y volvió a ser el campeón, por tercera vez consecutiva, título que repetiría en 1909 y 1910, poniendo broche de oro a una década que lo tuvo como dueño absoluto de la ciudad. Por si quedaba alguna duda, al partido siguiente el Rojinegro goleó a su clásico rival por 6 a 3, el 19 de mayo de 1908.
Bien podría decirse que los sufridos muchachos sin aliento (sinas) nacieron abandonando, debido a lo que aconteció en la década de 1920 cuando los dos equipos clásicos de la ciudad fueron convocados para disputar un partido a beneficio de los enfermos de lepra (que en ese entonces eran muchos en los hospitales, y hoy son la inmensa mayoría en la ciudad en términos futbolísticos).
El campeón aceptó gustoso, pero los acomplejados hijos de zona norte, tal vez temerosos de volver a ser humillados por la superioridad del Padre, decidieron no presentarse a jugar el partido a beneficio. A partir de allí, la mayoría de los rosarinos paseamos orgullosamente
el mote de LEPROSOS por cada rincón del mundo. En cambio los sufridos sinas fueron bautizados como "canallas" del italiano canaglia, que según el diccionario de la Real Academia Española tiene los siguientes significados: gente baja, ruin. Perrería (muchedumbre de perros).
Persona despreciable y de malos procederes. (Malos procederes como los de una hinchada que desaparece debido a un resultado como el 14 de abril de 1991 cuando esa tribuna quedó vacía, la hinchada abandonó. Despreciable).
Pero volviendo a aquellos clásicos iniciales cabe señalar que entre 1909 y 1912 Newell's logró otra marca jamás superada al ganar 10 clásicos en forma consecutiva. El primero de ellos se jugó el 18 de julio de 1909 por la Copa de Honor y fue el primer partido oficial organizado por una institución nacional antecesora de la Asociación del fútbol Argentino (AFA). La Lepra ganó 3 a 2 con tres goles de Lito Gonzalez. El último fue el 28 de julio de 1912, en el silenciódromo y por la Copa Vila. Allí el Rojinegro vapuleó al rival por 7 a 0 (máxima goleada en la cancha del hijo) con cuatro goles de Lito Gonzalez, dos de Puig y uno de Rota en contra. Ese mismo año Newell's volvió a ganarle a su hijo en su cancha el 20 de octubre, por 5 a 3, ¡Con 5 goles de Lito Gonzalez! y se quedó con la Copa de Honor.
Intentar reflejar las gloriosas páginas de historia leprosa excede en mucho este modesto folleto de celebración de nuestro primer siglo de padres. Serían necesarios varios libros para poder intentar abarcar tanta pasión y grandeza y ya se han escrito muchos, y muy buenos
que los hinchas del actual campeón del fútbol argentino pueden disfrutar y atesorar. Una gloria que, por supuesto, no se reduce sólo a ganar clásicos, sinò que se manifestó en los numerosos títulos conquistados en la era del fútbol amateur que colocaron a Newell's como el indiscutido Nº 1 de Rosario, los seis campeonatos profesionales ganados en la AFA (74, 87/88, 90,91,92 y 2004), los dos subcampeonatos de la Copa Libertadores, la mayor cantera de crack que nutrió a la selección argentina en toda en toda su historia, desde el Potrillo Julio Libonatti (llevado en andas por una multitud desde la cancha de Barracas hasta la Casa Rosada en 1921 tras lograr el gol del campeonato en la final ante Uruguay por el certamen sudamericano) hasta Lionel Messi (Leproso de alma y flamante campeón con el Barcelona), pasando por Celli, Sarupo, Perucca, Colman, Pontoni, la Bruja Belén, Giusti, Valdano, Sensini, Balbo, Franco, Berizzo, Biaggini, Batistuta, Samuel, Heinze, Scaloni, Quiroga, Bernardi, Duscher, Belluschi, Rodríguez, y la lista sigue, interminable.
Las mejores divisiones inferiores y las más ganadoras de la AFA. El club que eligió jugar el más grande de todos los tiempos: Diego Armando Maradona. El que en 1943 le dio a la ciudad el primer título internacional: La Copa de Oro (jugada frente a los grande s del continente: Nacional, Peñarol, Boca, San Lorenzo, Racing e Independiente). El que en 1946 se trajo para Rosario el pri9mer título oficial del profesionalismo con la Tercera campeona de AFA (venciendo en tres partidos finales a River, con un equipo donde sobresalían Ubaldo Faina, Alfredo Latini y Elger Poelo Alarcón, autor del gol del triunfo en el match decisivo jugado en cancha de Independiente).
El club del que eran hinchas los geniales Gabino Sosa y Vicente Capote de la Mata. El del Alemán Celli, el Oso Díaz, Salvador 'Pisahuevos' Alonso, Miguel Najdorf (el más grande ajedrecista que representó al país), Hipólito Mario Parodi, el Profesor Pino, el Loco Pica, la Bruja Belén, Griffa. El de Daniel Musante, quien una vez, antes de un clásico aseguró: "Antes de jugar en cen... prefiero criar gallinas". El de Heredia, Lombardo, Faina, Puissegur, Fabrini, Tarrio, Chabrolin, el Gringo Gironacci, Anacletto Peannno, Zucca, Ortigüella, Silva, Rubén Darío Ciraolo, Sergio Pautasso, el Pelado Alfredo Berti, Ariel Boldrini, el Paragua Alfredo Damián Mendoza, el Indio Faggiani, Ricardo Rocha y Bruno Marioni (quien como Bruno Giménez los vacunó, y como Bruno Marioni jugando para Independiente los dejó afuera de una copa).
El dueño del Estadio más grande y moderno de la ciudad, construido con el esfuerzo y el trabajo de sus hinchas y no con las manos ensangrentadas de la nefasta dictadura del Proceso militar. El estadio que elegían Juan Domingo Perón y Evita para realizar sus multitudinarios actos en la década del 40 y el que siempre fue sede de los partidos internacionales jugados en Rosario hasta el golpe de Estado del 76, cuando la dictadura comenzó a mostrar su simpatía por los sin aliento y le regaló una nueva cancha. El estadio donde una tarde en los 60 jugó contra Newell's el Santos de Pelé (el mismo club brasileño que décadas más tarde, pero con un plantel sin ninguna jerarquía, le ganó a los sin aliento una intrascendente copa de leche en el Vueltódromo). El que domingo por medio revienta el Coloso del Parque, PRESIONANDO A LOS CONCEJALES E INTENDENTES SIN ALIENTO PARA QUE DE UNA VEZ POR TODAS AUTORICEN LA CONSTRUCCIÒN DE NUEVAS TRIBUNAS PARA AMPLIAR SU CAPACIDAD. El que el 12 de diciembre metió 40.000 hinchas en la cancha de la Doble Visera de Avellaneda (cifra inédita para cualquier club de la Argentina). El que dio la vuelta EN TU CANCHA Y EN TU CARA, SIN ALIENTO, el 2 de junio de 1974. El que ganó el campeonato 87/88 con un equipo íntegramente surgido de sus divisiones inferiores (incluido el cuerpo técnico). El único equipo de Rosario que tuvo jugadores de su plantel en los dos títulos mundiales ganados por la selección argentina (Américo Rubén Gallego en 1978 y Sergio Omar Almiròn en 1986). El que trajo la ansiada medalla de Oro Olímpica de Atenas 2004 con el Loco Bielsa, Mauro y el Coty. El que aportó más jugadores para todas las selecciones nacionales ganadoras de títulos juveniles (desde Valdano, Pavoni y Barrera en Toulòn 1974 hasta Mauro Rosales, la Fiera Rodríguez y Leo Ponzio en 2001). El club que hizo debutar en primera y formó a los dos técnicos que muchos años después fueron los más endiosados por los sufridos sin aliento.
El equipo que dejó muda a la mismísima Bombonera en aquella epopeya del 9 de julio de 1991, en los penales, bajo la lluvia y con las estatuas esculpidas en el barro del Gringo Scoponi y el Chocho Llop. El que ganó todos sus campeonatos en la AFA peleando mano a mano con los equipos porteños más ricos y poderosos como Boca, River, San Lorenzo y Vélez (la lepra dio la vuelta en la bombonera y frente a boca, no en una canchita cualquiera contra Racing de Córdoba o Temperley). El club que ahora va por las grandes copas internacionales que Rosario merece lucir en sus vitrinas, las que realmente tienen importancia y entrando como CAMPEONES. El club de tu abuelo que gastó una pila de tablones de tanto saltar y alentar, el de tu viejo y tu vieja, el tuyo y el de tus pibes, el de tus futuros nietos.
Así de simple. A partir de aquel clásico fundante de una paternidad que se prolonga hasta nuestros días, nació una historia en la cual, con el correr de los años, fueron cambiando los nombres de los héroes, tanto en las tribunas pobladas de hinchas con su aliento sin par, como en los campos de juego donde los futbolistas que se calzaron "la Rojinegra" lucieron su talento, garra y corazón.
En una lista seguramente incompleta de hechos y de nombres tan sólo mencionemos que desde aquel 18 de junio de 1905 hasta hoy se jugaron en total 310 partidos clásicos, de los cuales Newell's ganó 104 y los sin aliento 98, y los 108 restantes fueron empates.
Manuel Lito Gonzalez fue el máximo goleador de los clásicos con 30 tantos, seguido por Eduardo Gómez con 16, Santiago Cucurucho Santamaría 10 (el máximo scorer en los clásicos de AFA), José Fabrini 10, José Pinoto Viale 9, Ballesteros 7, Julio Libonatti 7, Sergio Apolo Robles 7, J. Badalini 6 y Víctor Rogelio Ramos 6 (Condorito es el máximo goleador de Newell's en el profesionalismo con 102 goles), según datos de El Gran Libro de El clásico. Rosario, capital del fútbol argentino (1905-2003), de Gabriel Torrieri y Carlos Cerezo.
Ya en los torneos de la AFA desde 1939 donde sin egoísmos Newell's, el más grande de la ciudad le abrió el camino a los más chicos, como sucede siempre en la historia, las satisfacciones se multiplicaron. Baste recordar la máxima goleada de la era profesional, lograda el 12 de octubre de 1941 en el Parque: 5 a 0, con baile, tres goles de Mario Morosano (uno con la "mano de Dios", igual que la del Diego a los ingleses) y dos de René Pontoni. Lo curioso es que antes de ese partido flotaba en el ambiente el fuerte rumor (fogoneado por un sector minúsculo de la prensa adicta a los sinas) de que Newell's no pondría mucho esfuerzo en ganar ya que los sin aliento se jugaban la permanencia en la categoría superior del fútbol argentino. El 5 a 0 tapó muchas bocas y profundizo el silencio reinante en la popular visitante, ya que los condenó a jugar junto a Lanús al próximo años en la "B", además de sufrir la mayor diferencia de goles en un clásico de la era profesional.
Eran tiempos en los que, mientras el sin aliento comenzaba a tutearse con los equipos del ascenso, el Rojinegro causaba sensación en el fútbol grande con aquel equipo formado por el peruano Honores, Gilli y Sobrero (Garbagnoli); Carlucci (Pellegrini), Perucca y Reynoso; Gayol (Belén), Canteli, Pontoni, Morosano y Ferreyra. Tiempos de la "tribuna verde", de los masticables chuenga y la revista Alumni que a través de su tablero con códigos (que en el Parque estaba ubicado en el codo más cercano al Jardín Zoológico) indicaba los resultados que se iban dando en las otras canchas. Épocas en las que todavía no se habían popularizado las radios portátiles que más tarde multiplicaron los gritos de gol de Fioravanti, el gordo Muñoz u Oscar Marino.
Como buen Padre, cada una de las seis veces que la Lepra fue campeón en los torneos de AFA le ganó el clásico al sin aliento. Repasemos juntos:
4 a 2 en el Parque en el 74 (Santamaría dos goles, Zanabria y Berta),
1 a 0 en el 88 de noche y de local (Dezotti en el arco del palomar),
4 a 3 también de noche pero de visitante en el 90 (Gamboa, Zamora, Ruffini y Sáez),
4 a 0 y la hinchada sin aliento abandonó, la tribuna se vació en el 91 (Pochettino, dos de "la Chancha Cozzoni" y Garfagnoli),
1 a 0 con la reserva en el 92 (cabezazo de Domizi al ángulo tras un centro del Yaya Rossi en el arco del Hipódromo),
1 a 0 de visitante en 2004 (Maidana de cabeza, tras un centro de Damián Manso desde el corner), para dar la sexta vuelta.
Otra página imborrable en la historia de los clásicos fueron los goles con corte de manga incluido de Santiago Cucurucho Santamaría, el abuelo de los sinas, y su peor pesadilla en los 70 y 80.
Y qué decir de la primera estrella del firmamento Rojinegro, el 2 de junio de 1974, como dice el trapo y las pintadas leprosas:
MI MAYOR ORGULLO, TU PEOR HUMILLACIÒN, con el nucazo de Armando Rafael Capurro y la zurda inmortal de Mario Nicasio Zanabria, para empatar un 2 a 0 en contra y desatar una fiesta en el pueblo Leproso, dando comienzo a la larga lista de festejos ajenos en el Vueltódromo de Génova y Cordiviola (NOB, Quilmes, San Lorenzo, Santos, Luis Miguel, Floricienta, los evangelistas, etc, etc.)
El primer título logrado por aquel equipo que dirigía Juan Carlos Montes, canción, el técnico que años después hizo debutar en la primera de Argentino Juniors nada menos que a Diego Armando Maradona, por entonces Pelusa, quien iba a los entrenamientos del bicho con la 10 de NOB que le había regalado Marito Zanabria). Aquel equipo que formaba con: el uruguayo Carrasco; Rebottaro, Pavoni, Capurro y Barreiro (Barril); Picerni (Ribeca), Berta y Zanabria; Santamaría (Robles), Obberti (Magán) y Rocha (Valdano).
El 3 a 0 de la noche del 16 de febrero de 1980, con dos goles de Héctor Casimiro Chirola Yazalde y uno de Roque Raúl Alfaro, para que el Rojinegro rompiera una "rachita" adversa sin ganar como visitante (desde que, el 7 de noviembre del 65, el brasileño Joao Cardoso había dejado a Andrada revolcándose en el piso como gata entre la leña). Una "rachita" que empalidece ante los INSUPERABLES 22 GLORIOSOS AÑOS (1980-2002) sin perder un clásico en el Parque de la Independencia.
Cómo no mencionar en este breve repaso de la gloria a la era del Loco Bielsa en la que les metíamos a los sinas de a 4 goles (tanto de local como de visitante) y su hinchada abandonaba, como ocurrió en el memorable 14 de abril de 1991 cuando en la por entonces popular del Museo, no quedó NADIE faltando más de 15 minutos para terminar el partido y después de un gol "maradoneano" del gringo Fabián Garfagnoli. También con el Loco Bielsa y el Profe Jorge Castelli en el banco, cuando el 8 de marzo de 1992 les ganamos con la reserva, la tarde del gol de cabeza del Pájaro Cristian Domizi que marcó el amargo fin de la carrera del rústico Patòn Edgardo Bauza (el que años después, cansado de fracasar también como director técnico y al no poder ganar ningún clásico ni nada importante, los bautizó sin aliento, mote que estos cabeza de parlante llevarán a cuestas por los siglos de los siglos, amén) y quedó eternizado como el "DÌA DEL PADRE".
Hasta me acuerdo de aquel clásico de septiembre del 93 en el Parque que terminó 1 a 1 con gol de Iván Gabrich. Como de costumbre, el sin aliento festejó el empate. Sin embargo la Lepra celebró el orgullo de tener ese día en la tribuna, como un hincha más, al más grande de todos los tiempos, a D10s. Alentando, siempre alentando.
Los goles del gordo German Real en la goleada 4 a 1 el 7 de marzo del 99 y la lengua afuera que todavía se pasea frente a la silenciosa tribuna de los parlantes después de meter otro gol en la revancha del 22 de agosto de ese año. El Larry Saldaña besándoles en la cara a los sinas la camiseta de Papá en el vueltódromo el 27 de mayo de 2001, en el último minuto.
Las pioneras trompadas "color sepia" del atacante Rojinegro Armando Ginocchio al defensor sin aliento Wilson en 1909 y los más recientes sopapos de Lucas Bernardi, 90 años después.
Y qué decir del recuerdo más reciente: la zurda de Mansito haciendo morder el polvo el año pasado en el sinalientòdromo a la inefable Chacha Mudet, esa rubia platinada devenida en ídolo sin aliento (aunque alquilado de platense y river) quien por un par de pesos se fue a San Lorenzo y dejó de vender humo a esos sufridos sinas que, salvo algún viejo memorioso, ya se olvidaron lo que se siente dar una vuelta olímpica.
Y podríamos mencionar mil alegrías más, desde aquel primer gol del eterno Faustino Gonzalez (quien hoy seguramente sonreirá desde arriba al ver semejante fiesta Leprosa) hasta el último de Julián Maidana en el arco de Regatas para dejar más callada que nunca a esa popular habitualmente silenciosa y comenzar a forjar la sexta estrella ganada por el equipo del Tolo Gallego.
Las agujas del reloj se enfilaban hacia las 5 de la tarde de aquel 18 de junio de 1905 cuando el arbitró Le Bas (quien años después llegó a presidir la Bolsa de Comercio de Rosario) pitó el final del primer clásico y se desató la primer fiesta del Rojinegro desparramada sobre el hijo sina.
Los "Newellistas" de entonces volvieron a sus casas celebrando, de fiesta, orgullosos y gozando al clásico rival, como ocurre hoy en día. Meses después también gritaron por vez primera el incomparable "Dale Campeón", igual que los Leprosos de hoy.
Aquellos privilegiados Leprosos de 1905 quizás no intuyeron que al salir de la cancha de Plaza Jewell llevaban en sus retinas una suerte de partida de nacimiento del hijo sin aliento. Un hijo que, más allá de sus mediocridades, vergüenza, mentiras, escasa jerarquía y un complejo de inferioridad nunca resuelto, puede decir orgulloso que sigue conservando nuestra ilustre paternidad, un siglo después de que Faustino lo vacunara por vez primera.
Aquel lejano 18 de junio de 1905, mientras la caravana rojinegra le ponía color, pasión y algarabía a las calles rosarinas, negros nubarrones enfilaron hacia el norte de la ciudad, junto con la silenciosa amargura que masticaban los derrotados y cabizbajos hinchas de Talleres, Railway Athletic Club, o como quieran llamarlos, fundado por un par de señoriítos ingleses para jugar al cricket exclusivamente, hasta que decidieron renegar de sus raíces. Eran los antecesores de quienes hoy simpatizan con el actual e intrascendente "sin aliento", el único de los cinco clubes rosarinos participantes de los torneos de AFA que este año cumple la mayoría de edad (18) sin ganar absolutamente nada. Cien años atrás, los minoritarios y sufridos simpatizantes del equipo vencido cargaban en sus espaldas el estigma de la derrota primera, la pesada mochila que marcó para todos los tiempos su condición de hijo.
No sería descabellado pensar que ya por entonces al team más débil de la ciudad le faltó aliento en las tribunas para poder comenzar la historia de otra manera, para torcer el destino inevitable: nacer vencido por el mejor, caer rendido ante la superioridad de Papá.
Para colmo, faltaban todavía muchos años para que se inventaran los parlantes, elemento tecnológico que hoy en día suelen colocar en gran número los directivos del mencionado club cuando juegan de locales para tratar de romper el sepulcral silencio instalado en sus tribunas.
Tampoco quedó en claro si en homenaje o en una suerte de "premio consuelo" bien merecido, al equipo derrotado en aquel primer clásico rosarino se instituyó el nombre del espacio que hoy se encuentra frente a la cancha de Plaza Jewell: el Patio de la Madera.
Lo cierto es que desde aquel inolvidable día y por la magia del botín derecho del inmortal Faustino Gonzalez, comenzó a gestarse esa canción que hoy corean LA HINCHADA QUE NUNCA ABANDONA, las más de 40.000 personas en cada clásico que se juega en el Coloso o se canta en las únicas tribunas en las que se alienta cuando el match se juega en la cancha de la dictadura:
"VAMOS, VAMOS, VAMOS NEWELL'S, VAMOS VAMOS A GANAR QUE NACIERON HIJOS NUESTROS, HIJOS NUESTROS MORIRÀN."

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